No hay nada peor

“Si lo pienso, no lo hago” -se dijo a sí mismo-. Y saltó.
Había sido un año realmente duro. Lo del trabajo no era lo peor de todo. Nada de eso. Era algo ciertamente superable y ahora que lo pensaba en caída libre, casi le resultó divertido. No. Lo peor había sido lo de Ana. Ella era su verdadero mundo, ya saben: su calma en la tempestad, su isla en el mar de dudas, su abrigo en el invierno, su sonrisa en la penumbra, la flor más preciada de su jardín... Pero ya no estaba. Todo lo que intentó fue en vano. No pudo evitar que se fuera para siempre. Sí. Eso había sido lo peor, sin lugar a dudas. Pero lo estaba superando -o al menos eso creía-. Una amarga sonrisa se desdibujó en su rostro debido a la velocidad a la que caía -llegó a pensar que la boca le llegaría a las orejas y se contuvo de soltar una carcajada sorda, por si acaso-.
Lo de los amigos no fue lo peor, fue más bien la constatación de un hecho que nunca se había querido parar a pensar. Ni siquiera en esos duros momentos por los que pasaba sintió su calor. Todos estaban en sus propios mundos, sin tiempo para él ni mucho menos para sí mismos, tan solo para sus trabajos, su ocupaciones caseras, sus niños -“menos Juan que va por libre, qué tío...” murmuró para sus adentros con una sonrisa- sus reuniones de familia, sus coches, sus hipotecas y así un largo etcétera. Pero, ¿acaso no había hecho él lo mismo? Su mundo había sido Ana. Todo su mundo, -"tal vez demasiado" murmuró de nuevo- que de haberlo pronunciado hubiera sonado algo así como "fa fe fefafia-fo" saliendo por sus orejas. Sí. Se había encerrado demasiado en ese mundo algo artificial por cierto, y mira que se había prometido no volver a caer en el mismo error que con Paula, pero ya saben, tiran más... y volvió a sonreír tímidamente. Así que no podía reprocharles nada, la verdad.
Se vio a sí mismo -después de haber pasado algunas semanas en casa, sin ganas de salir y pensando en Ana- en tantas noches forzadas, embriagado de soledad en bares de copas, mirando furtivamente a bellas mujeres -y a otras a las que no se atrevería ni a pedirles la hora-, deseando robarles un beso (o algo más) que le hiciera olvidar el sabor de los labios de ella -“¡y qué labios!” pensó-. Bueno, para ser sinceros, alguna sí que probó el sudor de su rostro y de su espalda. Se entregaba a tope en el arte del amor, eso era innegable. Tanto que en no pocas ocasiones cautivaba por completo a quien realmente no pretendía y tras varias sesiones de camas húmedas y desayunos incómodos (cuando los había) ya no volvían...qué cosas. Empezó a imaginar escenas subiditas de tono con una tal Isabel (un portento en la cama) hasta que una cierta presión en la entrepierna le hizo volver a su realidad actual. La tierra se veía cada vez más cerca. Así que dedicó los últimos momentos a contemplar el paisaje que se perdía en la distancia. Eso de volar -si es que caer en picado es volar- era algo fantástico.
Cuando por fin tiró de la anilla y pudo comprobar que el suelo se acercaba hacia él a la misma e insultante velocidad que un instante atrás, se dio cuenta de que lo de Ana no había sido lo peor. Lo peor estaba aún por llegar. Y rápido. Muy rápido.
No quería e intentó evitarlo, pero tal y como había escuchado tantas veces, su vida comenzó a pasar por delante de sus desorbitados ojos a toda velocidad -“pues sí que es verdad que ocurre, coño”, pensó-. Entre tantas imágenes variopintas, lo de verse a cámara rápida haciendo el amor llegó a hacerle gracia, y ver cómo se la...bueno, eso también, aunque lo que realmente quería era poder pensar en una solución inminente ante el Impacto Súbito...-"¡qué me gusta Clint Eastwood!" se dijo-, mientras se maldecía por no tener la mente en lo que tenía que estar.
De haber podido ver su cara antes de formar parte de un nuevo cráter terrestre, hubieran vislumbrado una última sonrisa desdibujada en su rostro: por un fugaz instante se había sentido realmente libre, nada ni nadie le ataba, no había preocupaciones y todo adquiría sentido ¡Pero maldita la gracia de sentirlo en ese preciso momento!
Si agitar los brazos como queriendo volar, y gritar “¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!” -tal y como comentó con sorna un granjero que lo vio caer- fue la última idea que se le pasó por la cabeza para frenar su meteórico descenso, desde luego su cabeza no estaba en lo que tenía que estar. Y es que no se le ocurrió nada más original.
Ni siquiera cuando se dirigía hacia la Luz su mente pudo estarse callada y exclamó: "¿Paracaídas de emergencia? ¿Para qué?” en el mismo tonito irónico en que Jesucristo le respondiera a Judas en la última cena cuando éste le preguntó: “¿Seré yo, Señor? ¿Seré yo?”.
No hay nada peor que pensar que las cosas pueden ir a peor.