Tu huella reflejada



Se pierden de vista en la distancia y, difuminándose en el tiempo, son el efímero recuerdo de un paseo en el ocaso;
de abrazos sentidos, acariciados por la brisa de la tarde;
de cómo se detuvieron para descubrir conchas y caracolas, ahora vacías de vida pero llenas de tesoros por descubrir;
de besos llenos de arena y sal;
de cómo corrieron unas tras otras, jugando como niños al “corre que te pillo” para después entremezclarse y tornarse en surcos rodantes creados por dos cuerpos entregados a una pasión tímida y desbordada;
de manos entrelazadas que se hablan en una complicidad silenciosa;
de cómo pudieron contemplar al Sol dirigirse -en un salto en picado imposible- a un chapuzón de anaranjados y púrpuras fundidos en cielo y agua, reflejos imposibles de belleza sin igual.
Ahora conozco el secreto de las mareas, pues no es la Luna quien gobierna sus idas y venidas; Ella tan solo le cuenta al Mar de aquella historia y, loco por saber más de nosotros, envía sus olas a la orilla que, sin cesar, acarician nuestros pasos una y otra vez, hasta que al fin consiguen arrebatarlos de la arena para llevarlos mar adentro y contarle a los corales de nuestro amor secreto, de nuestro anhelo desmedido, de corazas desprendidas por el calor de una mirada que fundió todo atisbo de duda dando paso a un amanecer único, distinto, conocido aún antes de habernos conocido…pues soy tu huella reflejada.

Doble despedida


Es el mismo viejo y largo pasillo de siempre. Un infierno en verano y el mismísimo Polo Norte en el invierno del Sur. Separa dos mundos, dos presentes, dos realidades: fuera, el alboroto de lo cotidiano, de lo familiar, lo acogedor y cercano; en el otro extremo, un viejo cuartillo lleno de recuerdos, libros y una vieja mesa de estudio que no siempre cumple con dicho cometido, pues en no pocas ocasiones es testigo mudo de suspiros llenos de desamor plasmados en papel.
Esta noche no es la vieja bombilla la que ilumina el pasillo con su luz amarillenta y mortecina - cuando no está fundida y hay que ir a tientas hasta el cuarto del fondo esperando a que en cualquier momento una mano tenebrosa salga a mi encuentro desde uno de los cuartos laterales-. No. Esta noche la luz es intensa, brillante y serena. Estoy en el viejo cuarto como tantas noches de exámenes, aunque en esta ocasión no estudiaba, pues divagando sobre el sentido de la vida, el amor, lo tangible y lo intangible, el sueño se había apoderado de mí.
Tal vez es el resplandor o tal vez el sonido de unos pasos que desde el otro extremo del pasillo se acercan hacia mí, lo que me hace despertar. Temeroso primero, perplejo después, veo cómo alguien se acerca hacia donde me encuentro. Ninguno dice nada: yo, porque no puedo articular palabra; él, porque no es necesario.
Pasmado allí de pie en la puerta del cuarto, espero a que termine de acercarse. Una vez cara a cara, siento una paz y alegría infinitas cuando me besa en la frente y me da un cálido y fuerte abrazo. Fue un instante que duró siempre. Luego se pone su abrigo, me mira por última vez con cariño y una media sonrisa, da media vuelta y se pierde por el mismo pasillo que lo vio aparecer, ahora de nuevo con su habitual luz amarillenta.
Mi padre había partido semanas atrás mientras yo dormía y soñaba que todo era un sueño. Y de nuevo el sueño había traído una nueva partida, si bien en esta ocasión tuvimos la oportunidad de despedirnos.
Nunca sabré si soñé que soñaba, si fue un sueño o todo sucedió en realidad. Lo que si sé es que desde aquella noche pude volver a soñar con ilusión renovada.