Nuestro velero


Seremos el asombro de aquel mar;
seremos oscuro deseo del viento,
que susurra callado su lamento,
de no poder, al mar, por siempre amar.

Seremos el asombro de la espuma;
seremos el deseo de los peces,
que asoman, y al mirarlos me parece,
que de nuestro amor hablan a la Luna.

Seremos del atardecer envidia,
de nubes de algodón anaranjadas.
Seremos de las estrellas su cielo,
que se funde en un mar de amor eterno.

Nuestro velero, Amor tiene por nombre.
Mis manos son velas que buscan viento,
tus manos, el timón que busca puerto,
uniendo dos orillas reflejadas.

No hay viento sin el suspiro en tu pecho,
ni mar que navegar si no me sientes;
por eso de la mano caminamos,
pues una, sin la otra, pierden rumbo.

Dedicado a Sandra. Tenerife 2017.
(c) Nacho Navarro

Amistad a traición


De repente y aprovechando el amor de quien –buscando un acercamiento cariñoso- tenía en frente, aquella le vomitó encima todo lo que tenía dentro desde hacía tiempo.

Sin pedir permiso. Sin consultar. Tan solo asistida por el equivocado pensamiento de que la amistad da derecho a todo, en cualquier momento y circunstancia.

Y la llenó de rencores, de envidias, de acusaciones infundadas, de juicios sumarísimos, de dolores propios.

Sin opción a contrarréplica.

Y la llenó de prejuicios, de reproches, de frustración, de daño.

De dolor…de mucho dolor.

Y la llenó de ausencia de amor; de ausencia de cariño; de ausencia de tacto; de ausencia de amistad.

De no (querer) ponerse en el lugar de la otra persona.

A veces el alcohol provoca otros vómitos como estos, procedentes de un alma ebria de sinrazón que se derrama y desgarra en cada arcada.

Esta fue a limpiarse con una ducha de lágrimas, aunque éstas no limpian por dentro; tan solo salen por los conductos de la tristeza cuando en el alma no hay sitio para tanto desperdicio, arrojado con tan poco pudor.

Y después de secarse el corazón, se puso un pijama de besos y caricias que su amor le tenía preparado.

Y se abrazaron. Y durmieron así al arrullo de la comprensión, la complicidad y la noche cálida de sus cuerpos.

Antes de cerrar los ojos pensó en quien consideraba era su amiga.

No pudo evitar volver a llorar lágrimas de amargura y pena ante la inesperada incomprensión sufrida.

Nadie espera un ataque desmedido de quien no lo espera.

Y, con los ojos nuevamente vidriosos, suspiró un “Te lloré todo un río. Tal vez me llores un mar.”