Caminar mi camino

"Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que es ser un esclavo."
De la película Blade Runner.

Cualquier parecido con tu realidad, es pura coincidencia. Es esta una reflexión en voz alta para que si un día desoigo la llamada que sentí hace un año, vuelva a leer estas líneas y recuerde que es el corazón -y no la mente- quien ha de hablar. Por tanto, no es ni pretende ser una lección para nadie, más que para mí, pues al no estar libre de culpa, no tiraré la primera piedra...ni otra alguna.

Hay quien piensa que no hay vida más excitante que aquella en la que se debe pagar un precio por ello; sin embargo, estoy firmemente convencido de que no vinimos a esta vida ni para sufrir ni para pagar o hacer pagar nada a nadie, menos aún a uno mismo; de que lo verdaderamente excitante es aprender a disfrutar la libertad de ser quien uno es, aceptando las críticas, sin ataduras, sin mochilas, sintiendo tan sólo el miedo que se siente al desplegar las alas por vez primera, rompiendo los esquemas propios, familiares, de amigos, externos y ajenos; sin mentiras ni dobleces, sin traiciones ni envidias, sin querer dañar a nadie, menos aún a nosotros mismos.

Hay quien igualmente puede pensar que fluir es sufrir, que lo excitante es vivir en el autoengaño (pues no se engaña más a los demás que a uno mismo) y en la frustración, el dolor, el sufrimiento y el desamor continuos, en la ausencia de sueños y en la presencia de aquellos no cumplidos, en la falta de ilusión o en aquellas ilusiones tan pobres que hasta duelen si se consiguen, sin saber que lo único que ocurre es que se vive deseando la vida de los que un día –y más de un día, uno tras otro- se arriesgaron, dejaron la comodidad de lo cotidiano, la rutina y comprendieron que vivir es no traicionarse; que vivir es hacerlo en el amor pleno hacia sí mismo y los demás. El resto decidió que lo adecuado era enfrentarse con ellos o simplemente abandonarlos a su (buena) suerte.

Aquellas personas no soportan que se les ponga su espejo delante de sí porque, al verse desnudos, reflejados tal y como son, descubren lo pobre de su vida y cuánto llora su alma, desoída, desterrada y desahuciada; y acaban por romper dicho espejo -y si pueden, también a quien lo porta- como si la responsabilidad de su frustración le fuese ajena.

Yo fui de los que un día y durante muchos, demasiados años, creyó que lo excitante era vivir al límite y en el límite, engañar y ser engañado, desafiar y ser desafiado, ser infiel -y no solo a uno mismo-, caminar sin mirar el camino, ser sin saber quién era, mirar sin ver, oír sin escuchar, sentir sin corazón, hablar sin convicción, saltar sin alegría, estar sin estar presente, amar sin amor, querer sin querer, desear lo no deseado, viviendo al fin y al cabo una vida vacía, la vida de otros. Tanto fue así que llegué a perderme por completo. Y rompí muchos espejos. Y rompí muchos corazones, además del mío.

¿Lo conseguí ya? No, aún sigo en ese nuevo camino -que es fácil y divertido- y, sí, con sus miedos y sus dudas, con sus soledades y penumbras, con sus momentos de querer abandonarlo todo y volver al camino conocido, aquel del confort de lo cotidiano, de lo seguro… lo que sí sé es que cuando llegue al final del camino, sabré que cuanto menos me atreví a ser yo mismo, a cumplir mis sueños, a mirarme en mi espejo cada día, a cambiar lo que no me gustaba de mi vida, a colocarme unos incómodos zapatos nuevos con sus rozaduras al principio, a vivir mi vida y no la de otros, a mirar de frente a mi familia, a los que quieres y te quieren y explicarles, con cariño, lo que anhelas por más que no lo entiendan.

Como escribe Laín García Calvo, “El infierno en esta tierra es encontrarte de frente con la persona que podías haber sido y mirarle a los ojos."

Estoy convencido de que no hay peor infierno. Porque nadie mejor que uno sabe quién es y qué desea en realidad, en lo más profundo de su ser. No podemos engañarnos a nosotros mismos, aunque finjamos creer que somos capaces y hasta que lo hacemos. Al final del camino tendremos que mirar de frente a nuestra alma, lo queramos o no. Y ojalá no nos pasemos toda una eternidad llorando.